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Gabriela Jauregui explora la desdomesticación del deseo en su novela Zorra

Gabriela Jauregui aborda en Zorra (Sexto Piso, 2026) la tensión entre la vida urbana y la naturaleza, el desgaste de las relaciones durante el confinamiento y la fuerza de los deseos que escapan al orden establecido.

La novela sigue a una pareja de extranjeros que se instala en el campo mexicano con la intención de construir una vida sustentable. Sin embargo, el mal tiempo, los depredadores, una zorra y la llegada inesperada de una joven convierten ese proyecto en una experiencia marcada por la incertidumbre, la frustración y el conflicto.

Una fábula en la frontera entre lo civilizado y lo salvaje

Jauregui define su obra como una fábula contemporánea y explora un espacio intermedio donde la civilización y lo salvaje permanecen en constante fricción. El campo no aparece como un escenario idílico, sino como un entorno impredecible en el que sembrar, criar animales y convivir con los elementos exige enfrentar aquello que escapa al control humano.

La autora explicó que la novela también retoma la experiencia de la pandemia de Covid-19 y las transformaciones que produjo en la percepción del tiempo y en las relaciones humanas. El confinamiento funciona como un trasfondo para observar el hartazgo, la convivencia prolongada y las violencias que se hicieron más visibles durante ese periodo.

La zorra y la visitante rompen el orden

La presencia de la zorra altera desde el inicio los planes de la pareja, especialmente los de la mujer, que busca mantener bajo control la granja y la crianza de animales. Más adelante, una visitante misteriosa llega a la casa y trastoca por completo la rutina de sus habitantes.

Entre ambos personajes existe un juego de espejos que la autora mantiene abierto a distintas interpretaciones. La zorra y la visitante no son necesariamente la misma figura, pero comparten una función: irrumpir en el orden, provocar el caos y cuestionar las fronteras entre lo humano, lo animal y lo doméstico.

La novela está organizada a partir de las partes anatómicas del animal, desde las orejas hasta las zonas traseras. Esta estructura acompaña el recorrido de una historia breve y fragmentaria, en la que los símbolos animales tienen un papel central.

Una antifábula sobre el deseo femenino

Jauregui plantea que muchas fábulas tradicionales han transmitido la idea de que las mujeres deben ser domesticadas. En esos relatos, la desobediencia femenina suele conducir al castigo, mientras que el deseo aparece como una amenaza contra el orden establecido.

Zorra propone una dirección distinta: una antifábula sin moraleja cerrada, interesada en preguntar qué ocurre cuando el deseo deja de someterse a las reglas conocidas. La desdomesticación se convierte así en una forma de explorar la libertad, la violencia y las posibilidades de transformación.

Además de la zorra, en la novela aparecen arañas, gallinas y borregos, animales vinculados con experiencias de la autora y con la observación de los ciclos naturales. Para Jauregui, recuperar esa mirada permite reconocer conocimientos comunitarios y rurales que con frecuencia son ignorados desde las ciudades.

Con Zorra, Gabriela Jauregui construye una historia sobre el deseo, la convivencia y la naturaleza como fuerzas difíciles de domesticar. La novela deja abierta la pregunta sobre qué puede surgir cuando una persona, una relación o una comunidad decide apartarse del orden que la mantenía contenida.